martes, 13 de abril de 2010

SOL CENTRAL


SOL CENTRAL
Fabián Núñez Baquero
(Cuento de Ciencia Ficción / Abril de 1981.

Comenzó por la metálica percepción de ese sabor calmo e intransferible del óxido de hierro en la lengua. Era como un despliegue de una faceta unilateral de lo inorgánico pugnando por hacerse visible presencia materializada en un vaho de corpúsculos sutilmente persistentes. La tarde aquella del inicio del rito no lo recordó muy bien. Parecíale que fue una época vesperal de esplendor anaranjado, como cuando los seres gravitantes de tintes fosforescentes y verdes bajaron con su estrella de pálida y atrevida balística por la abrupta inclinación del acantilado. Unas briznas silvestres de salvia, mortiño y frailejones brillaron en su reminiscencia tal como si él agarrara el tiempo del descenso o el instante de la ráfaga planeando con su luz violeta sobre las negras rocas. Aún era junio, un mes dedicado a las explosiones internas sin control y sin nombre. Su privilegio consistía en planificar su catástrofe de sentimientos para tornasolarla de sentido, de un orden que alterne su caos con la cúspide de lo inalterable. Él padecía la herrumbre paulatina del mes en el estancamiento de la brisa, en la fértil manía de la fijeza mineral del cosmos, en la expectación yacente de automatismo reglado y puntual del tiempo. No podía precisar los límites de silencio y prerrogativa en el mutismo glacial de las cosas. Entendía sólo el escenario cataclísmico por la ausencia total de reclamo y acontecer, de cordial movilización en el pródromos surgente a cada pregunta y a cada pasmo. Y sólo fue el primer día, apenas el vibrátil pestañeo de un gravitón en el espectro, esa lenta cercanía del minuto con lo eterno. Claro que él llenaba un espacio en el desierto sin saber por qué. Asistía a una constatación periférica, mansa, inocua, pero en todo caso sin la protección de las explicaciones. No tenía edad pero le parecía’ estar gozando de vitalidad plausible. En esa isla continental de vaciada y perpendicular ausencia escuchaba con placer el velo rítmico de su respiración, el lento pero agresivo aluvión arterial rondando la certitud de su vivencia. Casi sin notar las transiciones, dejándose llevar por una sutil y automática confianza, adivinaba que sus oídos, su oreja externa y la interior, se iban aplanando, tomando la forma de habas pitagóricas o transistores de germanio. Claro, era evidente que escuchaba más y empezaba a creer en ocultos y espaciados coros autoafirmándose en los promontorios, calzadas y mesetas. Lo que se hacía más palpable era su noción einsteniana de movimiento y masa. Este ya no era un concepto fijo en el encerado universitario o el cuaderno en una madrugada de estudioso desvelo, se hacía ahora palpar a través de las yemas exultantes del sol que le presentaba la luz en sendas bandejas y láminas de estándar progresión y constatable elasticidad. Sus ojos no estaban en sino que rondaban la. Circulaban una órbita inaccesible e impremeditada bajo, en, sobre, frente y tras. Pero sus manos y las potencias centrípetas del tacto, en cambio, se adormilaban de profundidad; de una estable o superestable porosa permeabilidad. Se sentían resurrectos al diagrama de la horizontalidad, a ese drama shoenbergiano que revive al envés lo que sucede o sucedió en la normal periferia.
Permaneciendo en la eficacia transitoria del suelo, sin embargo simulaba balletizar en la dinámica levitante de un holograma con la misma perspicacia espontánea de doblar cucharas con la vista, alzar toneladas de peso sin mediación o resolver los más estrafalarios problemas de la cinética geométrica del caucho. Al paso de estos pasos, muy cerca de estos coloreados fenómenos de orden y júbilo, su conciencia mantenía una unidad de fondo y perspectiva como debe poseer el diedro en las junturas de sus batientes.
Fue un poco después cuando dio cabida al conato lento y progresivo de la alarma y la extra-ñeza. Mientras el gozo lo invadía por el continuo desplazamiento orbital y totalitario, en el transfondo hervía una inquieta penumbra de acero repelente: sólo era capaz de poner al gusto y al olfato en contacto con el hierro. Por el momento era él un único sobreviviente del aire y el sabor, un resumen atomizado de sus glándulas salivales y alveolos pulmonares.
Por este lado al universo lo veía constreñirse a la superficial estación de lo largo y de lo ancho, un declive de una sola pieza, en tanto que en el panorama del ubicuo despertar auditivo crecía esféricamente. Se notaba en sí mismo, en oblonga agilidad de anguila, un promovido reciclaje continuo de antenas y bobinas telescópicas. El barullo se hacía cada vez más sinfónico, un telambre orquestal viajaba y retornaba tocando foráneas mallas situadas un poco más allá de Júpiter. Me siento un conejo estelar y sensitivo con muchos alambres y con estatuas de Memnón o Juno bifásicas sincronizando los átomos y baches legendarios entre las espirales que van desde los espacios de la célula a las cabelleras filamentosas de las novas invisibles, bien acurrucadas en la antimateria. Oigo, sobre todo, el vago mugido que se adelanta al nacer y renacer en los focos hirvientes que se aglutinan sabiendo de antemano que el juego se convierte en un retorno con otra máscara a través de gaseosas y sucesivas palingenesis. Sólo que sería más preciso decir que en mi empaquetado órgano de medir vibraciones, en mi radar pulsante y detector de decibeles furiosos, todo se me convierte en metálico, en una especie de esquilón o campana colorada con badajo superbo.
¿Ya no sabe, tal vez, reconocer los poros del cambio? ¿La flamante clepsidra que envejece joven? Porque está ahí, inmerso en arena y cielos, plantado frente a los costillares de mamuts e ictiosauros y megaterios eternos y no reconoce el alba y a Faetón distante. No reconoce el parto incendiado, la aurora de rosados carillones corrigiendo con maduros duraznos el despropósito malsano del agrio ópalo que fomenta la palidez.
Hasta el momento no hay nadie quien lo llame por su representativo signo oral. Alguien que le rememore la pertinaz batalla de los tiempos. Le llamaron Armagedón, pero fue sólo un súbito descendimiento, cuando ellos usaron su magnético trazo para, en la constatación de su insomnio, entrar personalmente en su oficina y decirme sin palabras la elección es para nosotros una ley de necesidad, el hado es una esperanza que no se posterga, su mundo puede ser desplazado y la aniquilación con ser tan cierta no deja de ser una metáfora.
Yo dije y vi el estambre de las rosas, el sitial de las begonias envejecidas y el marco de aluminio de la ventana vomitando vapor. Fui a la casa y me pesaba la cabeza y todo lo pasaba de ahí en adelante, por el tamiz de una desolación abstracta. Comenzaba la costumbre de transformar el amor en ecuaciones., el lloro de mi hijo en una transformada de Lorenz, la caricia de mi hija en una pared de amianto, las gracias y juguetes de Molki en los números recurrentes de Fibonazzi.
Comenzó esto que se parece a la dura tangencia inmóvil de un Shiva o Vishnú de diez mil brazos absorbiendo un prana de olor y sabor de hierro. Esta capacidad de momificar el mundo en parámetros abstractos y únicos me dio la suficiencia para detestar y combatir la alegría de la velocidad, la niñez que retorna y muda la existencia, toda novedad y transitar históricos que pueda afectar mi anquilosis premeditada. Ahora necesito de ella y vivo en ella.
Pero no fue la primera vez ni la única ni la última. No estaba enfermo ni veía visiones. Sólo constataba en la piel de ellos una dura costra de eternidad, en sus brazos un peligroso llamado a la parálisis sideral; en sus ojos, un lenguaje de cosas y seres en trance de inmortal senectud. Su contacto era inmutable, nada perfectible, como un alfa y omega simultáneo, veloz e inamovible. En los pocos segundos que intercambiaban su imagen les veía emularse en la tristeza y anfibia resignación. Estaban traspasados por un rayo de maligna supervivencia; veían a través de espejos puntiagudos de mica verde asfáltica o polietileno gris a rayas y su cabello parecía enfrentarse a una crispada descarga continua de condensadores poderosos. Rumiando una posible síntesis no buscada, dormían despiertos y ahítos de programación. Batían pesadamente la atmósfera con sus siluetas de animales estacionarios dotados de lóbulos largos como dicen que tienen los enanos simbólicos que habitaban cierta época un paraje septentrional de Adis Abeba.
No es que mienta, pero son violines recostados, completos, con estuche y arco de instantes. Sus ojos y faz palidecen de sabiduría y enmarcan un posible caldo ideal para una fosforescencia leucémica universal. Ellos me enseñaron sus fósiles costumbres, su manera de mirar hacia atrás y andar de lado, sus plegadizas piernas atornilladas con pernos de espuma de estroncio y cubiertas de un rocío apergaminado consistente en la mezcla divina entre hidrógeno sólido y uranio cobáltico en baño de agua pesada. Me afirmaron en la creencia conjetural, sólida, de que viven cerca de Saturno y resisten más de mil atmósferas en condiciones de ideal putrefacción. Transmiten sus virus de constancia y perplejo estacionamiento con cierta elegancia rígida, calvinista, como si el residuo de un binomio cuadrático diera la pauta para negar el caleidoscopio combinatorio.
Mis ojos, sus ojos están postulando una fragmentación restringida del límite. Cada vez roturan la materia y sus ladrillos convexos, perforan los huecos últimos y taladran sus corazones de teórica consistencia como dicen que realizaba, en un abrazo teúrgico, el XVIII sacerdote pontificio de Uxmal. En el lugar de la trascendencia han depositado —bajo el féretro de un tórax— una inmanente delectación puerperal que les hace decaer al remolino más abstruso del principio de indeterminación física. Por eso guiñan los ojos como rectángulos posesos de un solo eje axial, se lamen las pestañas y las cejas, levitan con o sin voluntad y siento, por sobre todo, su eterno olor y sabor de hierro, el metal de Marte, olor y sabor de Marte. El que alcance el sentido baile al son más primitivo y maldiga 777 veces, con tenebrosos exorcismos, a la familia de putativos himenópteros que forman, en montón de estrellas condecoradas, la salvaje irrisión de perros alados del norte del Mar de Tiberio.
Ahora es todo membranas, púas, alambres, cables coaxiales e instalaciones televisivas dentro del panel del adobe radioactivo, perenne y maloliente. Ahora ni siquiera puede montar un intento de unilateral vocación para el curso y el fluido, esa inconsciente surgencia hacia los bordes del movimiento, la línea euclidiana, la parábola y la espiral sin juntura. Puede, incluso,
ser lo más religioso que apetezca: morirá con las ganas de que le perdonen los pecados infernales e indecibles contra el espíritu santo.
Y fue un poco antes un emblema de anhelo motriz, una compaginación robusta de error y enfermedad, ternura y brutal sadismo. ¿Sabe él que se ha domesticado autogenerándose en calamar y pulpo sedoso? Un oso hormiguero no ejerce mejor presión en el espacio poroso que él y no atiende con tanta solicitud a las tinieblas. Y está aturdido de velámenes y confusiones pasmosas y no reconoce frontera entre el sordo que vende equivocadamente panderetas y el loco continente de la radio constelación.
¿Quién ejecuta un signo oral al poniente ya de su cristalización? ¿Quién está listo a salvarle de un crepúsculo demasiado material? Ni siquiera la computadora de Boston o el láser de Helsinki. Está adhiriéndose lentamente a su dolmen sin aspavientos de metal fundido o mercurio condensado. Está pasando a la carbonaria etapa de ser y permanecer a despecho de Heráclito y el inalterable Zenón, Ha salido de la casa sin permiso temporal y con su ausencia rellenando un vacío molecular. Nadie permanece el mismo después de una larga caminata entre los fantasmones sagitarios. La noche hace pensar en libélulas de organdí y en la reina Mab de carne y hueso. Se propone una investigación y queda petrificado en un inexplicable anillo de cromosomas y aldehídos. Le reclamarán como una broma antihigiénica el fracasado retorno a la casa, a la oficina, al supermercado, al banco, a la humilde zapatería de la vuelta, a la esquina donde le anhelaban ver siquiera para burlarse de sus corbatas chillonas y sus nuevos pares de zapatos martirizándole los callos. Sale como irse a Uganda en la noche de los gatos pardos y no tener tiempo ni siquiera para la tristeza. Un Hiroshima silencioso, negro, sin pagos extras, con la agravante involuntaria de no estar presente y estar al mismo tiempo para todo urgente diálogo explanativo.
En esta inmóvil certeza de estar diciendo algo para descubrirse e identificarse, saber que por estar en las cosas se ha colocado uno a su espalda sin remedio. Estar transmitiendo en toda tonalidad y a través del continuo, la misma palabra, el mismo sonido, la sin par presencia tosca y burda del mármol o la cornalina, sin respuesta perentoria o con la advertencia de la espera o de la invitación a la parsimonia meticulosa de lo sempiterno. Estar y siempre estar en luminosa y asesina yacencia, frígido de material pubertad y gélido de conocimiento. Permanecer en este mismo olor, sabor, turgencia y voluntad sin olvido ni memoria, sin reflejo, sin matriz ni progreso ni haz ni devenir.
Ese compacto bulbo de cemento armado en la cabeza le hacía sonreírse con la cómplice esfericidad de Mr. Gog, pero tenía suspensa y viva su inicial y prematura lucidez. Por el dolor tirante de las venas y esa tracción tempestuosa hacia la gravidez, él se preocupó poco, tal vez menos que la verificada casualidad de estar con cuernos en los dos frontales y la completa certeza de su próxima desaparición.
Se dio, entonces, por prever acontecimientos en bruto, contemplar la plácida homogeneidad del grafito, la coherente distonía del agua marina, la puosa frontalidad de la pizarra. Ya en estas circunstancias, a la altura más o menos monocorde de su anónimo e implícito desarrollo, llevaba a cabo misas negras rituales de analogía con las hiedras hieráticas y basiliscos pétreos.
Iba a la montaña en cada crisis a participar y recibir galvánicas catalepsias, comuniones de inmersa quietud espongiaria con las velas espectrales que pululan en los lentos ventisqueros del cordón inmisericorde de Van Allen a la altura de Las Aleutianas.
Sin duda iba organizando su horror de modo que su budística posibilidad de un nirvana centrado en una brutalidad reaccionaria, le diese una sensación de proclividad hacia el descanso solar. Por ello, su mística negadora de la espléndida veste de la flecha existencial, trajinaba entre el jardín incoloro de la geología unitaria del cuarzo, más allá de las prefiguraciones o inicios de los coloides, nietos bondadosos de todo derrame y surgencia.
Mi año no debe durar 385 días sino 920 y mi trabajo es demasiado liviano. Soy torpe con las teclas de la máquina de escribir, quisiera mecanografiar con la memoria, con la intención soberana que es más rápida que la estructura sintáctica. Mi mujer, mis hijos, sobrinos y allegados, murmuran de mi especial holgazanería, dicen que estoy con una artritis gomosa porque para moverme de la sala al jardín ocupo las dos terceras partes del día. Son injustos. Me apena su orgullo superficial que se afinca en su volátil e inútil celeridad, su ignorancia de las leyes centrales. Yo, en cambio, me muevo fuera de mi panorama y me estoy dando cuenta de que no es oxígeno lo que necesito sino, a lo mejor, manganeso pulverizado y un poco bastante más de presión.
Hace algunos días me han sorprendido exclamaciones como “el hombre de la máscara de hierro más parecido a un iguanodonte”, “su rostro es plano, empaquetado y tortuoso”, pero el zumbido de las palabras es casi imperceptible y veo a las personas (¿son personas?) como alejándose de una vertiginosa galaxia por sobre un inasequible y mortal silencio.
Soy diferente, excepcional, es lo que se me ocurre, pero veo una distancia muy cruel entre yo y mis allegados. Ellos no ven ya, me tocan solamente y pasan en vértigo sin mirar hacia atrás como si no existiese y yo estuviera en un ante-mundo opaco. Pero mi certeza es que yo vivo más, soy más pesado y consistente, como una bola de átomos que pesa toneladas sin engranajes ni goznes. Floto en una muy estática plenitud.
Parece que aguardaron el encanto de la soledad en concordancia con la sombra sin luna de un anochecer cualquiera para dejarlo partir. Yo sé que ellos no pueden hacer otra cosa, de otra manera se puede hundir la casa y la radiación ya sabemos qué delicados monstruos procrea. La población escuchó ruidos parecidos a sinnúmero de bocas de leones hambrientos a la puerta de una mina dinamitada y se pusieron a rezar por un postergable terremoto que afecte a otros en futuras generaciones. No podían aguardar más. Ahora en ese sitio hay un hueco descomunal con un bólido adentro. ¿Fueron ellos o él los huéspedes? ¿O la simple visita de un cometa? No está lejos el acantilado y este sol central me perturba y me postra. Deseo descansar porque mañana me esperan para el cumpleaños de Genoveva.

2 comentarios:

  1. El mejor regalo de cumpleaños para un escritor es que en ese día publiquen algún trabajo suyo. Esto además de ser oportuno se convierte en cabalístico, en una suerte futural exitosa en toda la esfera. Eso quiere decir que hoy y mañana seguiremos produciendo los nuevos partos del siglo. Gracias, Jorge, paladín, enamorado y fiel coadjutor de la orden hermética.

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  2. Una maravilla de relato que nos lleva por el espacio sideral del universo...donde seres imaginarios rondan la mente de actor; donde el personaje central danza al ritmo del movimiento cósmico... Gracias señor escritor poe este fascinante cueto... que no es ficción, porque nos estamos aproximando a la realidad... Feliz día sideral...

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